Wednesday, November 30, 2016

Tres cerros de piedra protegen un secreto en Guainía (Colombia)


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En Guainía, en el extremo más oriental de Colombia, resaltan tres grandes cerros de piedras, que sobrepasan en varios metros la selva. Parecen gigantes dormidos que protegen el secreto de uno de los paisajes más espectaculares de la nación sudamericana.
Los cerros de Mavecure son una formación de tres enormes montículos de piedra gris llamados tepuyes, palabra que en lengua indígena significa hogar o morada de los dioses, y que son característicos del Escudo Guayanés (una de las zonas más antiguas de la Tierra) con alturas entre 250 y 750 metros, cuyo color, tamaño y forma llenan de majestuosidad el paisaje, y sobresalen en medio de la selva como una casualidad inventada por seres sobrenaturales.
La gasolina se mezcla con el agua y el fuerte olor del combustible rodea a la voladora, una lancha rápida con capacidad para seis ocupantes impulsada por un motor Yamaha de 75 caballos de potencia, que ya está encendido tras un par de tirones del estárter. Luego de registrar nuestra salida con la policía, zarpamos del muelle que hasta 1974 servía para que el nombre de este municipio, que hoy tiene unos 17.000 habitantes y es la capital departamental, estuviera precedido por la palabra puerto (aún hoy a muchos les cuesta separar las dos palabras).

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Navegamos a toda máquina por ese corredor oscuro de 1.300 kilómetros de longitud que divide en dos esta selva, en los límites entre la Orinoquía y la Amazonía colombianas, que es el río Inírida.
No más arrancar, recorridos unos pocos kilómetros de los 55 que nos separan de Mavecure, se empieza a divisar la cima del cerro Pajarito, la mayor de las tres montañas, sobre el espeso follaje de esta jungla de lianas de igüanito, chirriador y zarza; de bejucos y árboles como el caucho, el lechero y la palma de chiqui chiqui, todas plantas que son adornadas por la preciosa flor de Inírida, que también es llamada flor eterna, pues luego de secarse es utilizada como artesanía. El punto culmen de nuestra visita a este paisaje, que parece haber servido como locación a las películas de Jurassic Park, está más cerca que nunca.
Avanzamos y la lancha deja olas que pasan debajo de las canoas de los indígenas que reman con calma rastreando el lugar perfecto para botar sus redes e hilos de pesca y capturar los ejemplares que llevarán a casa o venderán a buen precio en Inírida. Bagres, valentones, amarillos, sapoaras y temblones, y más de 100 especies ornamentales son algunos de los peces que existen en la zona.

En Guainía uno de los principales atractivos es su gente, cuya población está compuesta mayoritariamente por indígenas, que provienen de las casi 30 comunidades que hay en el departamento y pertenecen a etnias como la puinave, curripaco, tukano, wanano, desano, piratapuyo, piapoco y yeral.
Se trata de pueblos que han sabido subsistir y preservar muchas de sus costumbres, pese al choque con la civilización, y que todavía basan su economía en actividades como la agricultura, la pesca y la minería, que viven en malocas, e incluso conocen sus dialectos tradicionales.
Llama la atención, sin embargo, el poco conocimiento que tienen de sus creencias ancestrales, las cuales desaparecieron casi en su totalidad con la llegada de la misionera Sophie Muller, quien entró a la Amazonía colombiana en 1944 y pasó 40 años con las comunidades, alfabetizándolas y evangelizándolas.
Por esto, es difícil encontrar a un indígena, no importa su etnia, que conozca los significados de su cosmogonía. Y esto aplica a los cerros, pues son pocos los habitantes de la región que saben lo que representaba para sus ancestros este místico lugar. Uno de los pocos indígenas que pudieron hablarnos de la importancia de Mavecure fue el puinave Tomás Corda Medina, originario de la comunidad Barranco Tigre.
Él nos explica que, en lengua curripaco, Mavecure viene de las palabras ‘mavi’, que es una palma que da unas tiras para hacer diferentes utensilios, y de ‘cure’, veneno que los antepasados sacaban de un árbol y ponían en las puntas de las flechas para la caza con cerbatanas. Dice que los cerros eran considerados un espacio mágico en el que los humanos podían comunicarse con sus dioses.
Pasamos por Caño Bocón, uno de los mejores lugares de la región para practicar la pesca deportiva y, más adelante, por la comunidad indígena de Caranacoa, la más grande de Guainía. Seguimos río arriba, con el viento golpeando con brusquedad el panorámico de la pequeña lancha. Mauricio Bernal, el operador turístico que nos acoge, y que hace las veces de maquinista en esta ocasión, nos cuenta que el principal enemigo para que más turistas vengan a esta zona poco explorada no ha sido la guerra, sino la ignorancia que existe sobre él.
“En 1997 hubo un intento de toma del pueblo por parte de las Farc que no fructificó; este ha sido, quizás, el evento más violento que hemos vivido en los últimos años, sin embargo existe una creencia generalizada de que esta es zona roja, lo cual es falso”, comenta Bernal, quien reconoce que, de todas formas, aquella acción violenta sí lo perjudicó a él, pues su hotel, el Toninas, solamente llevaba unos pocos meses en funcionamiento cuando ocurrió el ataque y los viajeros que planeaban llegar a Inírida se espantaron. No obstante, Bernal afirma que esta situación quedó en el pasado y la comunidad ha encontrado en el turismo una oportunidad de vida.
Luego de una hora y media de viaje, Bernal disminuye la marcha del motor y de manera sospechosa se acerca a la orilla del río, y frente a nosotros una saliente del monte nos obstaculiza la visión. En unos segundos sabremos el porqué de su inesperada maniobra.

Cerros Mavecure // Guainia // Imagen tomada por José Miguel Gómez

                        Cerros Mavecure // Guainia // Imagen tomada por José Miguel Gómez
Y ahí están: brotan del suelo como unos enormes tótems grises oscuros sembrados por alguna deidad; o mejor, como si unos gigantescos titanes habitantes del subsuelo hubieran golpeado la superficie de la tierra desde lo más profundo del núcleo buscando darse a conocer entre los humanos. Los minutos que nos quedamos flotando en el río para capturar en fotos la emocionante postal se hacen eternos. El tiempo se detiene y el motivo de la maniobra de Mauricio queda desvelado.
El momento de contemplación y éxtasis finaliza –no podía ser de otra manera– para dar paso a la acción. Subiremos hasta Mavecure, por lo que nos dirigimos a la comunidad de Remanso, a los pies de Pajarito, para preguntar por un guía que nos acompañe hasta la parte más alta de esta montaña, que le da su nombre a la formación completa y que es el único al que se puede subir, por lo menos si se es un turista sin conocimientos básicos o equipos de escalada.
Para llegar al mirador, a 250 metros de altura, las únicas condiciones las impone el clima y el estado físico del viajero. En caso de que llueva es mejor aplazar la travesía para un momento soleado, porque, al contacto con el agua, la piedra lisa de la montaña se vuelve una tapia de jabón imposible de caminar, aún con los mejores zapatos de senderismo. Hoy, el cielo azul y el sol brillante nos invitan a no dudarlo dos veces.
Inicia el ascenso por la pendiente y, a pocos metros, la fatiga entre los escaladores solo es ajena a Jimmy, nuestro guía, quien sube a toda velocidad como una cabra de montaña, montado en unos sencillos tenis blancos, que no pueden tener una suela más lisa, para hacer sentir mal a quienes llevamos un calzado, supuestamente, idóneo para esta actividad. Hay que vigilar cada paso y siempre ir con un guía certificado.
Llegar a la cima nos toma alrededor de una hora, en medio de un sol agobiante que calienta la piedra y el aire. Solo descansamos del calor cuando atravesamos los senderos que se adentran en pequeños cúmulos selváticos en medio de la montaña. Allí, las ramas de los árboles, la tierra, los arbustos y los sonidos de animales que se esconden en el follaje ambientan una aventura en la que el mismísimo Indiana Jones se sentiría afortunado.

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                                      Imagen tomada por José Miguel Gómez
                       
Por fin, y tras trepar por improvisadas escaleras de palos entre grietas de la piedra, de agacharnos, de parar a descansar y recobrar el aliento, de detenernos a contemplar las micropostales que nos ofrece el lugar, llegamos a la cumbre. Jadeantes, nos quedamos perplejos ante la posibilidad única que tenemos de ver la selva desde arriba, como aves, como dioses omniscientes.
Desde esa cúspide se observan Pajarito y Mono; en sus faldas se ve el verde oscuro de una selva que esconde osos hormigueros, perros de agua, armadillos, lapas, chigüiros, dantas, venados y tigres. El agua de un café que se confunde con el gris de la piedra. A lo lejos, los caños que baña el Inírida y otros caminos fluviales.
También se alcanzan a apreciar, mucho más cerca del horizonte que de nosotros, rocas similares a las que hemos conquistado.
Unos 20 minutos pasan entre la contemplación y la foto obligada y retomamos nuestro camino de regreso, apurados por el aviso de lluvia que se aproxima que nos hace Jimmy. Efectivamente, a los pocos pasos del descenso empieza a caer una llovizna que no tarda en convertirse en un aguacero que pinta un panorama distinto al del ascenso.
El sudor se mezcla con la lluvia y la ropa se vuelve pesada, dificultando aún más la tarea, a lo que se suma que –como lo habíamos anticipado– el agua deslizándose por la pendiente vuelve resbalosa la piedra, por lo que tenemos que bajar en cuclillas. En una situación como esta, lo más recomendable para los viajeros, por seguridad, es esperar a que escampe para retomar el camino.
Volver a la base de Mavecure nos toma casi el doble del tiempo que empleamos para subirlo (dos horas) porque para sortear la pendiente y evitar los puntos de mayor inclinación debemos atravesar el monte por donde no hay sendero, resistiendo las ramas y espinas que golpean todo el cuerpo.

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 Abajo nos espera Mauricio con su voladora. Nos lleva, empapados, hasta la comunidad de Venado, una de las pocas multiétnicas del departamento, donde Ferney Rodríguez, líder de la población, nos dará posada esa noche. A las cuatro de la tarde, nuestros anfitriones desfilan frente a nosotros con lo que será la cena: bocón moqueado, un pez de gran tamaño que es cocinado al humo envuelto en hojas de chiqui chiqui, palma que los indígenas emplean para fabricar desde sus artesanías hasta los techos de sus malocas.
Cae el sol mientras disfrutamos ese banquete acompañado de casabe (una tortilla que se prepara asoleando el almidón de yuca por varios días). La humedad que trae la temperatura nocturna enfría el piso de tierra. Íbamos a dormir en el patio, arropados por una choza con techo de chiqui chiqui, pero nuestra morada será uno de los cuartos de Ferney. Se viene otra larga noche de lluvia. Termina la aventura. Fue un privilegio conocer este paraíso colombiano.
Publicado por PanamericanWorld



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